Madero: El revolucionario que no quería la revolución.
Al conocer la noticia del alzamiento de Félix Díaz en Veracruz, Madero experimentó un desagradable sobresalto: Los militares... Otra vez los militares pensaba... Primero Bernardo Reyes, después Pascual Orozco y ahora este nuevo Porfirito.
Preocupado en la intimidad de su hogar Madero se preguntaba. ¿quién estará detrás de Félix Díaz? Inquieto y reflexivo, buscaba los hilos que estuvieran moviendo a la marioneta para descubrir al responsable intelectual.
Hundido en su pensamiento se decía a si mismo: - Hoy mismo enviaré tropas para aplastar a ese bellaco y darle un escarmiento. Sin embargo; apenas llegaron las tropas federales a Veracruz, Madero recibió de la embajada de Estados Unidos en México una llamada, expresando su oposición a que el puerto de Veracruz fuera bombardeado porque sus bienes se verían seriamente dañados.
Madero palideció en el instante; ¿cómo es posible que la embajada norteamericana tuviera información tan oportuna de la logística militar de su gobierno? Cuatro días después de lo sucedido, llegó a Veracruz el cañonero norteamericano Desmoines, quien exigió al ejército federal ¡No bombardear Veracruz! ¡Ni dañar a Félix Díaz! Ese día Madero lloró de impotencia. La historia de México se seguiría escribiendo en el salón de consejos de la embajada Yanqui.
Era una madrugada fría del año de 1913, cuando en la capital mexicana se conspira contra la democracia. Manuel Mondragón sale sigilosamente de Tacubaya con quinientos dragones del regimiento de artillería rumbo a la prisión militar de Santiago Tlatelolco para liberar al general Bernardo Reyes. Luego; Reyes y Mondragón se dirigieron a la penitenciaria del Distrito federal, donde se encontraba prisionero por conspirar contra el gobierno Félix Díaz (sobrino de Don Porfirio), que poco antes había sido trasladado desde Veracruz. Lo liberan inmediatamente, y juntos: Díaz, Mondragón y Reyes se dirigen a tomar la ciudadela.
Sin saber lo que pasaría al día siguiente Madero baja a caballo desde el castillo de Chapultepec, escoltado por cadetes del colegio militar con dirección al Palacio Nacional; en su camino es vitoreado por la multitud, quien ve en él, los deseos de libertad y justicia.
Mientras tanto Díaz y Mondragón toman la ciudadela con parque suficiente para resistir largo tiempo. Al enterarse Madero de lo sucedido, encomienda al general Victoriano Huerta combatir y controlar la rebelión de la plaza. Mientras tanto, él parte a Cuernavaca para buscar el apoyo del general Felipe Ángeles.
El día 11 de febrero empieza en el centro de la ciudad de México la balacera, sin importar la cantidad de gente que se encontraba en ese momento realizando sus compras. El zócalo se sembró de muertos por todos lados. Las fuentes estaban rojas con la sangre de los que habían caído dentro de ellas. Se abren panteones para realizar entierros masivos y la cruz roja levanta los cuerpos amontonados.
El presidente Madero es hecho prisionero junto con el vicepresidente José María Pino Suárez. Y comienzan los diez días de combates. Los balazos se oyen día y noche, el ruido de las ametralladoras, el tiro de los máuseres y el fuego de la artillería.
La noche del 22 de febrero Madero y Pinos Suárez salen de palacio municipal escoltados rumbo a la penitenciaria, sin embargo se pasan de largo y no se detienen frente a la puerta, lo hacen en el lugar más apartado del edificio; a lo lejos se oían disparos desde el techo del edificio sobre el vehículo, el mayor Francisco Cárdenas obliga a Madero y Pino Suárez a descender del automóvil, mientras Madero bajaba, Cárdenas le pone su revolver en el cuello y dispara brutalmente. Madero muere en el instante. Pino Suárez es dirigido a la parte de atrás del edificio y es fusilado.